Un día en Casa del Migrante Frontera Digna, Piedras Negras, México
“Karol”, nombre ficticio para proteger su identidad, es una niña centroamericana de ocho años que, junto a sus dos hermanos y su madre, permanece desde hace cuatro meses en Casa del Migrante Frontera Digna, un albergue para migrantes en Piedras Negras, Coahuila, atendido por las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada. Este refugio se ha convertido en un punto clave en el contexto actual de la migración en México y del complejo tránsito hacia Estados Unidos.
Piedras Negras es la última ciudad mexicana antes de cruzar el Río Bravo, frontera natural con los Estados Unidos de América. La ciudad se conecta oficialmente con el país vecino por medio de tres puentes internacionales: dos vehiculares, con largas filas de espera, y uno ferroviario. En este escenario fronterizo, marcado por tensiones migratorias, Frontera Digna ofrece un espacio de protección, acogida y dignidad.
Sin tener ninguna responsabilidad formal, “Karol” se ha convertido en la embajadora del albergue. Recibe a las visitas oficiales con una sonrisa franca —aunque falten algunos dientes— y con la naturalidad que sólo la niñez puede sostener incluso en los contextos más difíciles.
A finales de agosto, los obispos de ambos lados de la frontera —conocidos como “Tex-Mex”— se reunieron en la Diócesis de Piedras Negras para analizar las políticas antimigrantes de Donald Trump y la respuesta pastoral. Entre sus actividades programaron una visita al albergue, donde “Karol” fue parte de la comitiva de bienvenida. El obispo anfitrión, Mons. Alfonso Miranda, relató en sus redes: “Algunos niños no soltaban a los obispos, no los querían dejar salir, hasta que finalmente —sin pagar rescate— fueron liberados”. La pequeña Karol estaba entre ellos e incluso pidió como recuerdo el pectoral de uno de los prelados.
Junto a Fr. Flavio Chávez, OFM, responsable de la Red Franciscana para Migrantes en México, hicimos una visita fraterna a las hermanas franciscanas de Piedras Negras. En la Central de Autobuses de Monterrey adquirimos los boletos hacia esta ciudad fronteriza. Años atrás, en ese mismo lugar se prohibió vender boletos a personas extranjeras que buscaban llegar al norte del país, causando un caos humanitario en la terminal y alrededores.

Durante el trayecto —casi nueve horas— encontramos cuatro retenes. Por fortuna, viajaba con nosotros Hna. Isabel Turcios, directora del albergue. Tras seis años recorriendo este camino, sabe cómo enfrentar cada inspección: primero Migración, luego la Guardia Nacional en dos ocasiones y finalmente la Policía Estatal de Coahuila. Estas revisiones buscan controlar el flujo migratorio. Hasta hace un año podían ser seis o más, cada una implicando sufrimiento físico y psicológico para quienes recorren esta ruta.
Hermana Carmen López recordó que en el segundo semestre de 2024 el albergue llegó a recibir entre 800 y 1,200 migrantes por día, cifras que se redujeron drásticamente tras la llegada de Donald Trump nuevamente a la presidencia. El día de nuestra visita se atendían alrededor de ochenta personas.
El contraste entre ambos países es evidente. Desde Piedras Negras se observa un campo de golf estadounidense, con su césped impecable, jugadores en su rutina deportiva y pequeños vehículos blancos deslizándose por el terreno. Desde ese mismo punto, pero mirando hacia México, se ven migrantes caminando por la ribera del Río Bravo intentando alcanzar el llamado «Sueño Americano». La escena evoca, invertida, la parábola del rico y Lázaro del Evangelio de Lucas (16,26): un abismo imposible de cruzar.
La tercera hermana de la comunidad, Hna. María Luisa Escruceria, está a cargo de las actividades lúdicas de la niñez migrante, incluida Karol. A sus 83 años, sigue ofreciendo un testimonio luminoso de servicio y seguimiento de Jesús. Su pequeña oficina guarda los materiales que ayudan a hacer más llevadera la estancia de los menores. Pero su mejor instrumento es su corazón lleno de ternura.
Mons. Miranda compartió también el testimonio de un migrante: “aunque me asaltaron, me golpearon y varias veces me devolvieron, hubo mucha gente buena que me tendió la mano, y por ellos, sólo por ellos, sigo creyendo en la humanidad”.
Karol y su familia no saben con certeza qué les espera. No consideran volver a su país, tampoco se atreven a cruzar el río: la presencia militar, la vigilancia constante y las bandas que asaltan migrantes hacen peligroso el tramo final. Pero, con o sin políticas antimigrantes, mantienen viva la esperanza. En Casa del Migrante Frontera Digna, gracias al trabajo incansable de estas tres hermanas franciscanas —auténticas hijas de San Francisco de Asís— encontrarán un espacio seguro y humano. Ellas, con su fe sencilla y profunda, nos permiten seguir creyendo en la humanidad.
Fr. Daniel Rodríguez Blanco, OFM
Director de la Oficina General de JPIC








