Mexicali, Baja California, México
En Mexicali, Baja California, existe un hogar donde la misión franciscana se expresa a través del cuidado, la acogida y la fraternidad. Se trata de Casa de Paco, una institución que desde hace más de treinta años acompaña gratuitamente a personas con enfermedades terminales, sin recursos económicos y en situación de abandono.
Su nombre oficial es La Familia de Paco, A. C., aunque es conocida como Casa de Paco, tomando el diminutivo con el que en México se llama familiarmente a quienes llevan el nombre de Francisco. Actualmente, esta obra forma parte de la misión de la Provincia Franciscana de San Junípero Serra.
La casa se encuentra en Mexicali, una ciudad fronteriza donde las temperaturas durante el verano pueden alcanzar los 52 grados centígrados. En medio de ese clima extremo, este hogar ofrece atención, compañía y un espacio donde las personas enfermas pueden vivir dignamente sus últimos días.
Un sueño compartido: los orígenes de Casa de Paco
La historia de Casa de Paco comenzó el 17 de febrero de 1994, cuando el Dr. José Trinidad Villa y su esposa emprendieron una obra destinada a acoger a personas con enfermedades terminales que carecían de familia y recursos económicos.
El proyecto surgió ante la realidad de personas enfermas de VIH-sida, cáncer y otros padecimientos incurables que, además de enfrentar la proximidad de la muerte, sufrían el abandono y la soledad. Entre ellas también había personas deportadas de Estados Unidos.
Para hacer realidad aquel sueño, el matrimonio llegó a ofrecer buena parte de su patrimonio familiar. La iniciativa comenzó modestamente, atendiendo a unos pocos enfermos en una casa alquilada en la colonia Pueblo Nuevo, con capacidad para quince personas.
En 1997, el Gobierno de Baja California concedió un terreno para construir las instalaciones definitivas. Las obras comenzaron en 2000 y, en septiembre de 2002, los pacientes fueron trasladados a su nuevo hogar.
La llegada de los hermanos franciscanos
Algunos años después de la fundación, los hermanos franciscanos comenzaron a visitar a los enfermos. Aquellas visitas se hicieron cada vez más frecuentes, hasta que algunos frailes empezaron a vivir allí. Durante esa primera etapa, su presencia estaba dedicada fundamentalmente al acompañamiento humano y fraterno, sin asumir responsabilidades administrativas.
Con el tiempo, aquella cercanía adquirió una nueva dimensión. En 2017, la Provincia Franciscana de San Junípero Serra asumió institucionalmente la administración de Casa de Paco, dando continuidad al sueño de sus fundadores.
El Dr. José Trinidad Villa falleció en marzo de 2022, dejando a los frailes la responsabilidad de continuar el proyecto al que había dedicado buena parte de su vida.
Para Fr. Felipe de Jesús Santiago Ortega, OFM, Ministro provincial, Casa de Paco no es solamente una obra atendida por tres frailes, sino una responsabilidad compartida por toda la Provincia franciscana.
Sostener económicamente la institución representa un desafío permanente. Sin embargo, el Ministro provincial destaca el apoyo del obispo, la diócesis, los fieles y los bienhechores. También expresa su deseo de fortalecer la presencia franciscana: «Quisiéramos tener cinco frailes ahí».
Una de las características que más valora es la gratuidad de la atención. Nadie paga por los servicios que recibe. Para él, esta obra constituye «una manera franciscana concreta de estar en las periferias».
No tanto curar como cuidar: la misión de Casa de Paco
Fr. Jesús Enrique Armenta, OFM, director de Casa de Paco, resume la razón de ser de la institución con una expresión sencilla: no se trata tanto de curar como de cuidar.
Esta afirmación permite comprender el sentido de una obra que no nació como hospital, sino como hogar. Su misión es ofrecer a las personas enfermas un ambiente familiar donde puedan recibir atención médica paliativa, alimentación, higiene, acompañamiento psicológico y espiritual y, sobre todo, la cercanía humana que muchas veces les ha faltado.
El criterio fundamental de acogida es la situación de vulnerabilidad de personas con enfermedades terminales, sin recursos económicos ni familiares que puedan hacerse cargo de ellas. El protocolo institucional contempla un diagnóstico médico con pronóstico de vida inferior a seis meses y una situación de abandono debidamente documentada.
Pero la vida no siempre sigue los pronósticos médicos. Algunas personas que llegaron con una expectativa de apenas unos meses permanecieron allí durante años. Otras experimentaron mejorías que les permitieron recuperar cierta autonomía.
Actualmente, Casa de Paco dispone de capacidad para unas cuarenta personas. Cuando visité el proyecto había dieciséis residentes, ocho hombres y ocho mujeres. No todos se encontraban necesariamente en fase terminal. Algunos presentaban enfermedades psiquiátricas y otros tenían limitaciones físicas que les impedían valerse por sí mismos.
Dos trabajadores atienden a los enfermos durante el día y uno durante la noche. Una médica presta servicio tres mañanas a la semana, permanece disponible para atender emergencias y orienta a los estudiantes de enfermería que colaboran como voluntarios.
El sostenimiento económico depende de donativos, proyectos de apoyo y diversas actividades de recaudación. Entre ellas destaca una rifa anual en la que participa toda la Provincia franciscana.
Una casa donde también se juega
Durante mi recorrido llegué a la sala de las mujeres. Cinco de ellas estaban sentadas alrededor de una mesa jugando UNO. Leticia (nombre ficticio), una mujer de unos treinta y tantos años, animaba con entusiasmo a sus compañeras. Su alegría parecía contagiar a todas las participantes.
Por un momento pensé en incorporarme al juego, pero pronto descubrí que aquellas cartas no seguían necesariamente las reglas habituales del UNO. Cada una tenía sus cartas y jugaba a su manera, mientras Leticia animaba la partida. No parecía importar demasiado quién ganaba o perdía. Lo importante era compartir aquel momento.
La escena contrastaba con la imagen que uno podría hacerse de una institución dedicada a personas con enfermedades terminales. Allí también había risas, juegos y pequeños acontecimientos que daban sentido a la jornada.
Giré la vista hacia la cocina y encontré a dos jóvenes frailes preparando el almuerzo. Uno de ellos llevaba uniforme de cocinero. Era mediodía y el calor se hacía sentir. Fr. Enrique me los presentó: fray Alejandro y fray Iván.
Sobre una de las ollas había unas hojas de plátano. Pensé que estaban preparando tamales y pregunté por ellos. Pero debajo de aquellas hojas había un delicioso pollo a la barbacoa.
En Casa de Paco, los frailes preparan los alimentos para los residentes y para la fraternidad. Cocinar, servir la mesa y compartir los alimentos forman parte de la vida cotidiana de este hogar franciscano.
Un claustro diferente: la fraternidad compartida
Una de las particularidades de Casa de Paco es que los frailes no viven en un convento separado de las personas enfermas. Sus habitaciones forman parte de la misma estructura donde residen los pacientes.
Lo que habitualmente conocemos como claustro es aquí un pasillo con cinco habitaciones.
En una de sus paredes hay un televisor y, enfrente, unos sillones que conforman la sala fraterna. Unos pasos más adelante, una mesa con ocho sillas sirve de comedor. El pasillo termina en un pequeño espacio para lavar los platos, con una refrigeradora, pero sin cocina propia, porque la cocina es compartida con el resto del hogar.
Es un claustro pequeño, sencillo y acogedor. Durante los meses de calor intenso, el aire acondicionado permite hacer más llevadera la vida cotidiana. También las habitaciones de los pacientes y la capilla cuentan con este servicio.
La distribución de Casa de Paco favorece la convivencia. La construcción tiene una disposición cuadrangular: tres de sus lados están ocupados por las habitaciones de los residentes y el cuarto por las de los frailes. En los espacios centrales se encuentran la cocina, el comedor y otros servicios. Una fuente de piedra forma parte del conjunto. En el exterior están la lavandería y un amplio espacio destinado al estacionamiento.
En un pasaje del Sacro comercio de san Francisco, la dama Pobreza pidió que le mostraran el claustro. La llevaron a una colina desde donde podía contemplarse una gran extensión de tierra y le dijeron: «Este es nuestro claustro, señora» (SC 63).
En Casa de Paco, aquella imagen de la tradición franciscana adquiere un significado concreto. El claustro de los frailes es también el de las personas enfermas. La fraternidad se prolonga en los pasillos, la cocina, el comedor y los espacios donde transcurre la vida de quienes han encontrado allí un hogar.
Actualmente viven tres frailes en Casa de Paco: Fr. José Antonio Huertas, Fr. Iván Enríquez, quien realiza su año de servicio, y Fr. Enrique Armenta. Los sábados llegan hermanos que están en el posnoviciado para realizar su apostolado, mientras que los novicios participan en una experiencia de un mes.
De esta manera, la institución se convierte también en un espacio de formación franciscana, donde los hermanos más jóvenes tienen la oportunidad de encontrarse con la fragilidad humana y descubrir el valor del servicio.
Donde la vida se cuida hasta el final
Los pabellones estaban adornados con motivos que anunciaban la proximidad del Día de Muertos, una celebración profundamente arraigada en la cultura mexicana. Aquellos adornos adquirían un significado particular en una casa que nació para acompañar a personas en la etapa final de su existencia.
Sin embargo, durante mi estadía no encontré solamente un lugar donde se espera la muerte. Encontré también una casa donde se juega, se cocina, se comparte la mesa y se construyen vínculos de fraternidad.
La experiencia hace recordar el encuentro de Francisco de Asís con los leprosos. Aquella vivencia no consistió simplemente en ofrecer ayuda material a personas enfermas, sino en acercarse a quienes hasta entonces le habían producido rechazo. El encuentro transformó su manera de mirar a los demás y de comprender su propia existencia.
Ocho siglos después, ese gesto continúa encontrando expresiones concretas en lugares como Casa de Paco, donde la fragilidad humana se vuelve una invitación a permanecer cerca.
En una sociedad que suele valorar a las personas por su productividad, autonomía o capacidad de recuperación, esta obra recuerda que la dignidad humana no disminuye con la enfermedad ni desaparece cuando la medicina ya no puede ofrecer una curación.
Quizá por eso, una de las expresiones que mejor resume lo que encontré en Casa de Paco es aquella que escuché de fray Enrique: no se trata tanto de curar como de cuidar. Porque incluso cuando la vida se aproxima a su final, todavía quedan muchas maneras de amar.
Fr. Daniel Rodríguez Blanco, OFM
OFM JPIC




